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| Conversaciones a Contraluz con Patricio - II |
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Cuando desperté, logré recordar lo sucedido. La mujer alada mitad diosa, mitad demonio, me había contagiado. Patricio Cervantes ¿ Un whisky? - preguntaste dudoso, con esa misma liquidez ambarina que gotea en tus ojos con luz de amanecer. No - respondí con rebeldía- prefiero un tinto. Buscaste en el aparador una botella de tinto, y yo reí discretamente. Mis tintos nunca se añejan en cubas ni toneles, sino en tarros bien alineados bajo el mesón de la cocina. Confuso, levantaste a contraluz una botella de "Casillero del Diablo", y mis plumas, levemente tiznadas por la luna, se erizaron recordando otras sábanas, otras copas, otros desencuentros. Te quité la botella de las manos, vertí unos cubos de hielo en tu vaso y mientras dabas vueltas a tu desconcierto, la tenue luz de las lámparas titiló convulsa y por piedad, se apagó borrando nuestras inhibiciones. El frío de tu vaso se extendió a tus manos, y la lumbre de la chimenea lanzó un abrazo de ocres sobre la alfombra por la que se arrastraban incólumes los deseos. Sentí que buscabas el brillo de mis ojos, y una humedad latente se abrió paso entre los dos. Parecía que la noche iba encendiendo llamas sinuosas en las ventanas oscuras y un nuevo silencio vertía en las sombras los lamentos de las puertas, los quejidos del viento en los aleros... Una ciudad murmurante construía una torre de babel sorda a las ondas electromagnéticas. Te detuviste frente a la ventana. Inmersa en esta indigente oscuridad tuve sed de tu voz y de tus presunciones. Amortiguados por las sombras tus pasos desandaron el camino hasta el aparador. ¿ Una copa de Rose DÁnjou - preguntaste otra vez ansioso, y yo sentí clemencia por tu desazón. - Un Sauvignon Blanc. Los vinos blancos son los favoritos de las gaviotas - te respondí tajante. En la copa, el vino onduló como mar en calma. Bebimos en silencio. Tu, ciego en tus pensamientos, y yo, correteando con los míos, dejamos que el licor nos uniera en un brindis por aquellas viejas tribulaciones. A lo mejor tenías que consultar tu libreto. A lo mejor, yo no había ensayado mis movimientos. El caso es que en este ritual, las copas, las medias luces y los silencios nos precipitaron a desabrochar con impudicia soledades latentes. Otra vez temblaron las luces y Lonnie Johnson trató de convencernos que "cuatro manos son mejores que dos" y así lo comprobamos. Como yacen sobre la playa las espumas arrancadas a las crestas de las olas... te dejé yacer sobre sábanas arrugadas. Mañana, al despertar, creerás que te he contagiado, y que brotan por tus poros centenares de plumas blancas. Y sentirás que tu rostro no es tuyo, y verás plumas multiplicadas en los intersticios de tu estancia, en los recodos de tu cuerpo, en esas manos blandas. Ensayarás sin destreza algunos decolajes y con un torpe batir de alas querrás alcanzar a la mujer alada, mitad diosa, mitad demonio que te abandonó rubricando la media noche sin pronunciar ni una palabra. Pero no temas ... basta que te tomes un tinto - de esos que nunca se añejan en cubas ni toneles sino en tarros bien alineados bajo el mesón de la cocina- para comprender que has despertado con una mayúscula ... resaca.
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