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| Conversaciones a Contraluz con Patricio - I |
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Sólo espero que no sea el mismísimo demonio, convertido en "mujer"... Patricio Cervantes - ¿Qué hace una gaviota en una urbe? - preguntaste con esa inclemencia que derriba estatuas. Yo fijé mis ojos en los muros que rodean las catedrales y pensé que las palomas, esas gaviotas venidas a menos, tenían la respuesta en sus arrullos. Mi silencio no te conmovió y tomando el hilo de mi voz hiciste una red para atraparme en mi desconcierto: - Tal vez no seas capaz de encontrar el camino de regreso a la playa. Tuve conciencia de mis alas abriéndose y cerrándose como los paraguas en las tardes de sol y lluvia. Sobre la calzada iba quedando un rastro de huellas mojadas. Las gaviotas -te dije- no se sustraen al tráfico, los semáforos o las calles empapadas aunque sólo aniden en las playas. Hemos aprendido que los muros son líquidos y las ventanas, pequeños grandes orificios por donde atisbar la inmensidad de las riquezas o de las miserias... más, si las casas con techos de cartón han sido construídas al borde del abismo que todos llevamos dentro. En las urbes, las gaviotas lanzamos contra las paredes un grito de libertad que se deshilacha entre las antenas y pende exiguo de las astas de las banderas, en los parques o en las lápidas de los cementerios. No por sobrevolar las ciudades y sus esquinas siniestras, las gaviotas -tranhumantes de urbes inconexas- pierden sus rumbos, equivocan sus destinos o traspapelan sus instintos. Me miraste a través del prisma de tus inquisiciones y en tu piel se reflejó la intermitencia del anuncio publicitario que rige los días del transeúnte citadino. Encendiste un cigarrillo y preguntaste con esa voz humeante que me calcina: -¿ Puedo formar una gaviota con estas cenizas? - Las gaviotas -te dije- no se forman, sino que renacen. Entonces te concentraste en la lumbre de tu cigarro, y ví la pasión onsumirse en tus labios. Yo, tuve miedo del viento y me aferré a mis quebrantos. Luego, buscaste al azar en tus bolsillos algún telón de fondo en el que ardían llamas frías de algún averno y por entre tus dedos se escurrió una mujer alada, mitad diosa, mitad demonio. Plumas blancas, calcinadas por el fuego, permanecen en el quicio de la puerta por dónde pretendes entrar a descubrir un poema eterno.
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