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| Conversaciones Contigo - VII |
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A Franco - Los adioses y las mujeres generalmente fallan pero claro nunca tanto como ahora - dijiste mirándome veladamente y yo adiviné una gota de melancolía en el surco estéril de tu desconcierto. Tomé mi sombrero, y caminé hasta el borde de la playa. Un mar en calma dejaba líneas incongruentes sobre la arena seca. El ruedo de mi falda se llenó de salpicaduras negras: el tibio sol podría arrancarle todavía iridiscencias de salitre. Sobre el horizonte, un coro de adioses ensayaba partidas truncas y por los acantilados vagabundeaban adioses sin razón. Aleteaban agónicamente, tratando de aferrarse a su propia desazón. Mis ojos, sin embargo, iban mas allá del azul castigo, hasta que sentí tus manos alcanzarme en pleno vuelo. - ¿ Por qué falla un adiós? - te dije, sobreponiéndome a mi silencio. Y una lágrima jugueteó con mi pesar. Te encogiste de hombros, como si la pregunta fuera una pesada carga que llevar. - ¿ Por qué falla una mujer? - volví a preguntarte, impulsada por un silencio que se desvestía entre los gemidos de un mar que poco a poco renunciaba a su luz. Yo tuve miedo de tu respuesta y casi lástima de una mujer fallida. Me pareció de pronto, una concha de nácar medio enterrada en la arena, y en su vientre un puñado de salitre marcando su esterilidad. O una estrella de mar, sumergida en la oscuridad, abrazando el frío. O un erizo, de púas rectas y ponzoñosas, aferrada a su propio dolor, erigiendo defensas donde antes hubo ofensas. O una alga,verde y transparente, medio podrida por un maquillaje que asfixia su hermosura. O un palo, reseco, quebrado por el fuego solar, consumido por la pasión insana que lubrica ansiedades pasajeras. O almejas confundidas... o barcas naúfragas... o redes destejidas. - Los adioses, Franco, y las mujeres fallidas - te dije mansamente - son apenas preludios de otros encuentros, citas a ciegas con una plenitud que no llega. Los adioses, cuánto mas fallidos, tanto más intensos. Las mujeres, cuánto mas fallidas, más intensas. Me miraste, entonces, con esa furia que enciende tempestades, y donde antes brilló la melancolía, chispeaba indolente tu ironía. - Las mujeres, como la fe, fallan, cuando se apaga el fuego que antes alentó su determinación- te dije, justo en el momento que desplegué mis alas y volé hacía el centro de ti, donde confluyen tu fe y mi osadía.
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No hay mejor viagra que unas hermosas piernas (femeninas, por supuesto) enfundadas en medias negras. Causan adicción, pero no te detienen el corazón ni son peligrosas para la salud a menos que pertenezcan a una mujer casada.
* Publicado en Todo el amor II. Nueva Imagen, 2002. p. 265.
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