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| Conversaciones Contigo - VI |
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- ¿ Las gaviotas son celosas? - preguntaste con la dulzura que tumba todas las barreras tras las cuales pretendo ocultarme.
- No mucho - te dije, tratando de no ruborizarme porque sabías que mentía. A la luz de tus hermosos ojos de amanecer, advertiste, sin embargo, el coral de mis mejillas y sonreíste, condescediente. - ¿Segura? - Insististe... pero ¿ qué náufrago no quiere abandonarse por entero al mar? Así pues, no tenía mas remedio que enarbolar mi orgullo antes que pactar la rendición. - No mucho... Los celos son nuestro más bajo instinto - te lo confesé tratando de restarle importancia al asunto. - ¿Si? ¿ Qué tan bajo vuela una gaviota celosa? - Me sorprendió la picardía de tu pregunta aún cuando empezaba a acostumbrarme a tu complicidad con mis evasiones. Ahora eras tú la ráfaga de viento que me impulsaba. - Una gaviota celosa es suicida. Vuela rasante sobre los cantiles, como queriendo destrozarse el corazón contra el filo de la roca... dejar de un solo tajo sangre y dolor... abrir una herida en su pecho para que por ahí escapen los sollozos y no ahogar su graznar lastimero... Enceguecida por el brillo de otro sol, una gaviota herida no admite mas horizonte que las laceraciones que causan los susurros de su amado en otras playas o las respuestas ansiosas soltadas en un idioma diferente a aves de otra especie. Herida de muerte, se lanza en picada al mar, fragmenta los cristales marinos y busca llegar al fondo. El agua de mar le cierra la herida no obstante el escozor, y poco a poco regresa a la a superficie, exhausta, abandonada a su dolor... dejando que la salobre caricia del agua la empape, la cubra, le dé cobijo... Tímidamente interrumpiste la pleamar de mis pensamientos - Las gaviotas tienen impermeables las plumas pero no el alma. ¿ Y entonces, en alta mar se dejan morir? - dijiste al tiempo que señalabas el lejano horizonte. Tu pregunta tenía un sabor a desesperanza. - No, claro que no - te repliqué con premura - El oleaje, fiel amigo y guardián de la gaviota, la empuja a una isla desierta, la deposita en la playa más cercana al sol, y le habla en susurros, la ampara, está con ella. Tantos días y tantas noches como sean necesarias, le habla suave, en tono pausado. La mima, la alimenta... le trae pequeños moluscos que la gaviota, sin mucho esfuerzo, digiere. El Señor Sol, antes de irse a descansar brilla con furia crepuscular entibiando la playa para que la gaviota no muera de frío... - Vi el cristal de tus lágrimas deslizarse por tus mejillas y callé avergonzada. - ¿ Algún día vuelve a volar? - advertí en tu pregunta un tinte de melancolía. - Si... vuelve a volar. En la soledad de la playa se hace gaviota vikinga, corazón sonriente, espíritu de águila. Volará otra vez, tomando distancia en la distancia, reverenciando al Señor de los Acantilados, delineando con su vuelo las nubes sobre el azul. Sobre sus marismas crecerán manglares para albergar nuevos cantos, otros trinos... Lloverán canciones y los pescadores encenderán un fuego en la playa. La gaviota vikinga será saeta de plata alcanzando la diana del horizonte... - Suspiré aliviada al ver que nuevamente sonreías. Me miraste un rato en silencio y adiviné tu siguiente pregunta. Mientras sobrevolaba la playa, un destello de sol sobre mi casco vikingo te dió la respuesta.
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