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| Conversaciones Contigo - V |
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Cuando el último rayo de sol se hundió con el horizonte, las estrellas, tímidas, tiritaron de frío. Yo también temblé. Tu sentiste mi estremecimiento y sonreíste. Siempre sonríes cuando me estremezco, sea por miedo o placer, frío o enojo. Por lo general, tu sonrisa me causa coraje y ambos terminamos fundidos en una sola carcajada.
Tras las nubes oscuras se asomó una luna magnífica, y juntando el calor de nuestros cuerpos, nos acostamos en la playa, de cara al cielo. - ¿ Las gaviotas vuelan en la noche? - preguntaste con esa irónica ternura con que pretendes espolear mis sueños. - No... las gaviotas deben encender la lumbre en sus nidos y regresan a las playas antes que el crepúsculo se funda a negro. La luna es una gaviota congelada... un mago celoso detuvo su vuelo de plata en medio de la noche - te lo dije en un susurro tratando de apartar de mi mente la tibieza que percibía en tu aliento, tan cerca de mi pecho. - Cuéntame la historia - me pediste, acodándote sobre la arena que guardaban aún el calor del día. Nunca he podido negarme a tus requiebros amorosos y mucho menos sustraerme a la magia que despliegas con tu sonrisa y que me arrastra a la fantasía como preludio de otros encuentros, así que robando el aliento a la brisa, fuí bordando con palabras un tapíz sólo para tu deleite. - En la playa más cercana al sol, una gaviota volaba coqueta, seduciendo con su vuelo a todas las criaturas marinas. Desplegaba sus alas tratando de abarcar el horizonte, vislumbrado en sus vuelos los límites insospechados de ternura y dolor. Volaba libre, feliz, dueña de su tiempo, prodigando caricias. Una tarde de septiembre, un mago solitario llegó a esa playa, buscando su magia. No recordaba dónde la había perdido; no sabía en qué pase mágico había revertido en tristezas su gracia infinita. Era tan feliz la gaviota, que pensó que ella podría devolverle la magia y revelarle el secreto de la felicidad perdida. Durante muchos días y tantas noches oscuras la contempló en silencio. La veía reír con las olas, abrazar las nubes, corretear tras las sombras de las palmeras, recoger conchillas de mar, ensartar perlas, tejer rimas con las redes de los pescadores... ¡ la veía siempre tan feliz que la quiso para sí, siempre! Entonces, el Mago le declaró su amor, y la gaviota de los ojos de miel derramó lágrimas de dolor. " Amarte - le dijo - es dejar mi cielo azul, el mar, renunciar a mis sueños, a la fé que profesa mi especie, es no volver a compartir mi pesca con los pescadores ni mi blancura con las nubes. No, Mago, no podría amarte ". El Mago, envuelto en su negra capa de noche le prometió que de su sombrero de copa brotaría otro cielo azul, y que con las palomas y conejos podría compartir su alimento. Le explicó que los aplausos del público semejaban el rumor de las olas y que bajo los reflectores no extrañaría ni el sol ni las estrellas, pues ella misma sería una estrella. La gaviota, sabiendo que la libertad era el único don al cuál no podría renunciar, asustada, voló hacia el crepúsculo, tratando de preservar sus sueños... firme en su convicción que amar no implicaba perder las alas, ni ver diluirse los horizontes en lágrimas. Sintiendo en su pecho un dolor lacerante por no poder corresponder a ese amor, la gaviota perdió la conciencia del entorno y la noche se fundió a negro sin que ella lo percibiera. Justo en ese momento, el Mago, sumido en el dolor, recuperó su magia y lanzó sobre ella su terrible hechizo: la congeló, la convirtió en luna, en gaviota de plata, para que todas las noches pueda verla y amarla sin esperanzas... - Callé, y una lágrima de tristeza brilló en mis ojos. No dijiste nada... bebiste de mi mirada la melancolía que me anegaba. Entonces, la luna de plata que iluminaba la playa nos vio fundirnos en una sola sombra y otra vez fui gaviota entre tus brazos.
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CONSERVADOR *
Incapaz de decirles que no, opté por conservar a todas las mujeres que he amado.
* Publicado en Todo el amor II. Nueva Imagen, 2002. p. 157.
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