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| Conversaciones Contigo - II |
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¿ Puedes descifrar el rumor del mar? - Me preguntaste saliendo del silencio en que te hallabas sumido desde entonces.
- Sólo tienes que oírlo con alma de gaviota - te respondí mientras me detenía a contemplar el inmenso mar. - Enséñame... - Fue una orden, no un ruego. Y entonces me provocó juguetear un poco con tu sequedad. - Sólo si me lo pides con ternura... - te respondí mientras desviaba la mirada hacia el vetusto muelle, más por evitar que mi sonrisa diera parte de victoria sobre tu curiosidad, que porque el muelle fuese motivo de interés. Hubiera querido que me abrazaras, pero te limitaste a tomarme por los hombros, y besándome en la mejilla, te reafirmaste en tu propósito: ¡Enséñame! Tuve ganas de preguntarte qué cosa: si el significado del rumor del mar, o la ternura, pero sopesando la respuesta supuse que igual te daba saber sobre ambas cosas. Te tomé de las manos y te hice sentar sobre la arena, universo de conchillas y piedras lustrosas de salitre. Te pedí que observaras como moría la cresta espumosa de la ola en la infinita sucesión de arenas... - Para entender el rumor del mar, debes descifrar primero cómo la ola besa la playa. El mar susurra cuándo la ola llega tímida y se deshace en dulzuras. Sorprendido, preguntaste: ¿ Qué susurra? - A veces susurra una canción de amor. La aprendió en una costa lejana. Un marino que cantaba a su novia ausente se la enseñó. El mar parece que la ensayara... Tal vez la canta al sol, a la luna, tal vez a la misma playa. En realidad, nunca nadie ha sabido de quién está enamorado el mar.. - Tal vez ni el mar mismo lo sepa - dijiste pensativo. Y yo tuve miedo que el mar fuera tu cómplice. - Otras veces la ola llega levemente agitada; duda un poco, vacila ante la playa. Es cuando murmura... - Comprendí por tu sonrisa que atribuías género femenino al prodigio marino, pero preferí ignorar el sarcasmo que vislumbraba. Proseguí... - Murmura. Le cuenta a la playa sorprendido y escandalizado que ha visto a los delfines coquetear con los navíos y ha sabido porqué las ballenas se duermen en aquella playa... - - ¿ El mar se enoja? - Preguntaste enarcando las cejas del mismo modo que haces cuando buscas querellarme por diversión... - Con frecuencia se enoja - te respondí muy seria - Y entonces llega a la playa batiendo sus palmas, cómo llamando al orden, cómo exigiendo atención. Está enojado, grita, golpea y se larga. Va y viene encrespado. Cuando el tono de mi voz se elevó demasiado pusiste tu dedo índice sobre mis labios y me pediste silencio - ¡Shhhhh! Que no sepa que hablamos de él - Entendí que ya te hacías partícipe de su embrujo. - Está alegre cuando juguetea, se acelera, salta, baila, danza, se pierde en su ritmo, se zambulle en su vaivén - dijiste devanando el hilo de mis pensamientos. Intuí que ya tenías alma de gaviota y quise dejarte libre. Adivinándome, puntualizaste: - De gaviota no, de cielo azul. Es la única manera de estar en comunión contigo... - Y entonces, ya no hubo necesidad de descifrar los sonidos del mar.
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* Publicado en Todo el amor II. Nueva Imagen, 2002. p. 226.
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