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| Conversaciones Contigo - I |
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- ¿ Adónde van las gaviotas cuando llueve?
Formulaste la pregunta con tanta ingenuidad que tuve deseos de abrazarte... para protegerte de mi ignorancia. Hubiera podido murmurar un simple no sé, y quedarnos tan quietos mirando el gris horizonte, pero entonces toda la magia de nuestro encuentro lo hubiera desteñido la lluvia. En cambio, sonreí y te dije: " Cuando llueven, las gaviotas también se visten de lluvia ". Tu curiosidad no conocía límites. Hiciste otra pregunta, y luego otra: " ¿ Te entristece la lluvia? ¿ Crees que a las gaviotas también les entristece?" "- Sí, me entristece y supongo que a las gaviotas también. Por eso se visten de lluvia, porque están melancólicas; les falta el cielo azul profundo, sin el cual no hay comunión". Me miraste sin comprender, y una nueva pregunta brotó de tus tiernos labios: ¿ No se refugian en los cantiles? ... A la par, señalaste las rocas que la llovizna hacia brillar bajo la escasa luz del sol poniente. Entonces me tomaste la mano y me besaste los dedos. Yo me perdí en la tibieza de tu beso, y tu seguiste con la mirada a una gaviota que había convertido en lluvia sus plumas lustrosas. "¿ Lloran? " - preguntaste otra vez, y yo me quedé pensando a que te referías. " Si, claro, lloran. Convierten sus penas en lágrimas, para que deslizándose hasta la arena de la playa se conviertan en conchitas de nácar..." Comenzamos a caminar lentamente sobre las líneas oscuras que las olas dejan como huellas en la playa. Ahora estabas silencioso. Mi melancolía, como llovizna, había empapado tus sentimientos. " La lluvia es fuente de vida en las montañas. Allí es motivo de alegría... " - dijiste de pronto, como si un hilo de tus pensamientos se hubiera escapado del ojo de la aguja con que bordas tus sueños. Ensayé posibles respuestas a hipotéticas preguntas que no formulaste... y no quise quebrar el cristal de tus pensamientos. La lluvia se hizo más intensa, y la superficie del mar se erizó. Hubiera creído que no caían gotas sobre él, sino que gotas de mar se alzaban buscando el cielo... Ahora las palmeras batían con fuerzas sus largas pestañas y se inclinaban ante el temporal. El crepúsculo se fundió a negro sin dispersar sobre el horizonte sus rosados tonos tropicales. Y se hizo la noche... Ya ni siquiera fuimos sombras sobre la playa...
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KING KONG, VIEJO ENAMORADIZO *
Hola, King Kong, hoy te vi por enésima vez. De nueva cuenta me emocionaste con tus aventuras. ¿Sabes algo? Tenemos mucho en común. Como a ti, me encantan las mujeres. Y como tú, sólo me he enamorado una ocasión. Pero a diferencia de ti, que diste la vida por ella, que te suicidaste a su vista, yo no me atreví: opté por vivir el resto de mi existencia padeciendo su ausencia.
Tal vez, viejo King Kong, ambos nos equivocamos. Amamos mujeres que nunca entendieron nuestro amor.
* Publicado en Todo el amor II. Nueva Imagen, 2002. p. 95.
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