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| Instrucciones para habitar una nueva casa |
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Una casa, cuando es nueva, necesita acogernos.
Cada partícula de polvo debe aprender cual es nuestro contorno y dibujarlo en su lenta caída. Cada fibra de madera, de puerta, ventana o closet, debe aprender de memoria nuestras huellas digitales y medir la temperatura de nuestras manos. Aprenderá que si las tenemos tibias, debe ser suave al abrirse, o cerrarse. Si las tenemos frías, han de recordar como crepitan los leños en las hogueras y transmitir el mismo calor sin calcinarse ni volcarse en cenizas. Cada hilo de las cortinas ha de conocer nuestro ánimo, y abrirse sin pudor cuando se nos quiere escapar una mirada de nostalgia, o cerrarse discretamente si una tristeza vaga nos amordaza los ojos sin lágrimas. Cada mota de las alfombras ha de aprenderse nuestros pasos, y amortiguar cómplice aquellos que nos lleven con prisa hacia el pesar, y aligerar aquellos que nos retrasan la partida hacia los brazos de la amada. Cada bombillo o lámpara ha de aprenderse la cantidad de luz que necesita esparcir sobre nuestra cama cuando escudriñamos en el pasado y convertirse en haz incandescente cuando tiramos las cartas del mañana. Cada partícula de cal, cemento, piedra o pizarra ha de conocer el aroma, el color de los ojos, el tamaño de los pies, los juguetes de la infancia, el nombre del primer amor, las ilusiones veladas, los sueños eróticos, las ultimas monedas, los libros que nunca leemos y aquellos que siempre nos acompañan... Entonces, la casa sabrá quién la habita... y se llenará de ecos, se vestirá de recuerdos, percibirá aromas, versos, canciones, tequieros, secretos, suspiros, carcajadas, silencios. La casa se hará tuya antes que tu seas de la casa.
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