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| Instrucciones para beberse las lágrimas |
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Profundice el motivo de su dolor. Permítase creer que su dolor es único, que nadie más lo ha sentido, que sólo ese dolor conoce sus profundidades ( ¡ por eso es tan hondo el dolor! ) ... No sienta compasión por sí mismo, ni por la intensidad del dolor; sólo sienta el dolor en todas sus dimensiones, resbalando por cada arista hasta que cada arista penetre en la piel de sus sentires. Ahora que el dolor ha llegado al fondo sub-marino de sus emociones bucee en ese fondo, escarbe un poco el lecho marino, admire las formaciones coralinas, compruebe la irisdicencia que guardan las ostras, el lustre salitroso y la fosforescencia de los cimbreantes sentimientos de dolor que pernoctan en las cavidades que han horadado otras tristezas... Un momento antes de perder la conciencia por falta de oxígeno, cierre los ojos y libere las caudales salobres que ha tenido represados desde entonces. Viértalos en una copa de cristal, del más puro cristal, con toda la belleza prismática que el cristal pueda arrancar a los destellos de luz. No importa que ese caudal sobrepase la copa y se derrame. Si lo desea, recoja el excedente en otra copa, ésta vez, en una copa dorada por el tiempo venidero o plateada por la inclemencia de los tiempos idos. Brinde como es costumbre, por la vida, por la salud, por el amor, por el dinero, por los amigos, por la poesía, por la paz, por la fraternidad, por el motivo que prefiera, y beba de la copa con fruición, degustando, paladeando el dolor. Sentirá el mismo placer embriagante del vino, con la diferencia que el viñedo estuvo en su interior y dará su mejor cosecha en la próxima estación. No deseche las copas en que ha libado sus lágrimas pues las lágrimas siempre tomarán la forma de las copas y las copas han sido moldeadas a golpe de yunque, al calor de su lumbre interior ( que nunca se apaga, y que a veces escapa al cielo en forma de crepúsculos...).
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LOS VIEJOS AMOROSOS (II) *
Al terminar de hacer el amor, maravillado, le preguntó a esa jovencita quién le había enseñado tan empeñosamente las artes del sexo.
-¿Por qué? -respondió preguntando. -Fue un acto sexual de tal excelencia, que, francamente, quiero estar con tu maestro. * Publicado en Todo el amor II. Nueva Imagen, 2002. p. 119.
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